24 de enero de 2016

Señor de angustia



SEÑOR DE ANGUSTIA


El  señor caminaba tanteando la calzada en cada paso, los dos brazos en paralelo al horizonte como si dijera ¡Ven!, solo que sus manos apretaban el aire.

La mirada mía ahí, clavada, preguntándose, ¿agresor, dolor, lástima? ¿Ayudo, corro, grito? ¿Herido de alma, de cuerpo?

Ya cerca de mí, paralizada, con los ojos desorbitados intentando cerrarse. ¿Huir? Ningún auxilio para mí, para él, en la soledad más oscura de este día tan soleado.

No sé si la angustia, el lóbulo derecho haciendo de las suyas, acorralando todos los miedos ancestrales de noticias amarillas, películas dramáticas, trágicas… Se lanzó hacia mí, sin palabras; sin otro gesto que esos brazos catatónicos. Palpé su espalda encimada, caímos, como pude le di vueltas no sin esfuerzo sobre lo natural.  Un cuchillo en sus pulmones laceraba el aire.

Sentada en mi auto, aparcado en el hombrillo de la vía, me limpio la frente como si quisiera apagar el tercer ojo, ese que ve más allá de lo que ve.


Miro al hombre de la angustia seguir su camino tambaleante, con los brazos paralelos a la calzada como si temiera no ver el siguiente obstáculo: mujer, poste, muro.

María Luisa Lazzaro (Marial)
Noviembre 2015

16 de abril de 2013

CHIPILÍN Frontera: ¡UNA BUENA NOTICIA..!

CHIPILÍN Frontera: ¡UNA BUENA NOTICIA..!: Queridos amiguitos,  hoy  tenemos una noticia para todos ustedes, una noticia que de verdad nos
tiene muy entusiasmados, contentos y q...

Los felicito por este espacio de Chipilín extendido como una red a cada casa, cada ciudad, cada país donde los niños y niñas tengan la ilusión de leer y jugar con las palabras y la imaginación. FELICITACIONES Carlos Paez y Ariana Y. Rojas hermoso colorido, hermosa y productiva la propuesta.
María Luisa Lazzaro
http://www.marial-lazzaro.com.ve/literaturainfantildef.html

12 de octubre de 2012

Estupefacta miro arrodillada en el perdón






ESTUPEFACTA MIRO ARRODILLADA EN EL PERDÓN




Bombas negras y bombas grises de palabras y gestiones… de allá para acá y de aquí para allá.

Bandos ingenuos ustedes y nosotros, o nosotros y ustedes, el orden de los factores no altera la destrucción de sensaciones apacibles, los huesos amados desperdigados, masacrados en el silencio castigador o en el sarcasmo de quien se sabe en triunfo.

La orden ni siquiera era ganar. Era miedo a perder...

Perder los espacios ya ganados por los unos, tal vez con prebendas que aseguraban un futuro con abundancia en regalías por, tal vez, la nada (o poco) en los esfuerzos.

Perder el libre tránsito por las aceras comunes a la infancia donde se nació y se creció, la libertad de decidir los colores y las texturas, los sonidos y las áreas de esparcimiento y producción.

¡No perder, no perder! Y las bombas grises y las bombas negras iban y venían sumándose en esa mezcla narcótica del miedo y la rabia y la inconsciencia del perder...

Y los huesos desbaratados fueron sumándose, despedazados los afectos más entrañables, los hermanos contra los hermanos, los hijos contra los hijos y los padres, los tíos contra los sobrinos y los primos, los nietos, los biznietos. Desmembrados, sin formas de cuerpos amorosos para abrazarnos en Navidad. A gritos mudos nos estaremos preguntando si habrá redención que nos salve a tiempo para los abrazos.

Marial (10 octubre 2012)

6 de junio de 2011

Bohemia y seducción, un caso esotérico



EPÍLOGO
De la novela Tantos Juanes o la venganza de la Sota
M.L.L


Bohemia y seducción, un caso esotérico
Juanerma Orígenes Alemán García


Traducida por María L. Lázzaro


¿Por qué la bohemia? ¿Qué es en profundidad? ¿Es necesidad para la escritura, el arte, como proceso creador? ¿Igual la seducción, su otra cara? Son las interrogantes que nos planteamos cuando seguimos muy de cerca el desenvolverse de muchos artistas. Por supuesto, queda un excedente, posiblemente mínimo: la bohemia no sólo es ejercitada físicamente, también deviene mente que se esparce, entre tormenta y paz, amor, desamor, boleros, rancheras, imaginación… sin salir del espacio donde gravita la soledumbre.

La diferencia entre el absolutamente místico y el absolutamente bohemio es que el primero vive solamente su interioridad, el segundo vive sólo su exterioridad. Sin embargo es posible y hasta necesario un punto de equilibrio entre el adentro y el afuera. De otra forma se rechazaría la interrelación o alteridad con los otros, o consigo mismo; dos formas de enriquecernos.

Sin lugar a dudas, el acto de la escritura no puede tener otro espacio que el de la soledad. Aun la necesidad de salir vacíos, a casas, calles, gentes, bares, fiestas, ruidos. Llenarnos de melodía, fragmentos, historias, miradas, estremecimientos, frases, vida, sueños, angustias, dudas, agua, tierra, charco, astillas, brisa, grito, amor, fantasmas, pesadumbre, alegría.

Entonces, regresar colmados para la ofrenda de la escritura. Pocos escritores (as), como artistas de la palabra y los sueños, pueden desligarse de la bohemia-seducción. Tal vez los místicos… aunque en el fondo de todos los fondos está allí, sutil; especialmente en los huesos más descalcificados.

Hay quienes seducen para ser leídos, o para ser invitados a revelar sus capacidades y aptitudes; no es este tipo de espécimen calculador el que interesa para esta investigación seria de la seducción como parte del proceso creador. Como tampoco interesa el seductor o la seductora que necesitan cambiar de hombro y pecho de acuerdo a su estado de ánimo o circunstancias.

Se trata más bien, de aquellos para quienes la fascinación es percibida –aún de manera inconsciente– como una energía lumínica que estimula la producción masiva de noradrenalina y norepinefrina, al despertarse los centros magnéticos vitales, los chacras, responsables del vigor creador.

El primero, el segundo y el cuarto chacra (fundamental, umbilical y cardíaco) tienen relación directa con la libido, el Kundalini, la serpiente que se mueve ondulante hasta los chacras terminales (frontal y coronario) sexto y séptimo chacra (Cf. Leadbeater, Los chacras. Bs. As. Kier, 1977). En estos últimos, los superiores, se abre el entendimiento al revertirse en voltios, hormonas y substancias adrenérgicas; desde las dendritas hasta los axones, recorriendo vastas extensiones del cuerpo a partir de los plexos nerviosos. Suerte de retroalimentación para la escritura, la pintura, la música; cualquier forma de arte.

No es extraño que cada uno de los chacras se localicen, o muy cercanos, o en órganos endocrinos, de secreción interna (gónadas, páncreas, suprarrenales, tiroides, hipófisis o pituitaria, y en la epífisis o glándula pineal: asiento del tercer ojo).

Ahora bien, el asunto es más complicado, tan complicado como lo sea el mismo creador o creadora, puesto que si el objeto de la seducción se materializa en sujeto amado, explorado, tocado, estrujado, se desinfla la potencialidad visiva y extrasensible del Kundalini, regresando a la dormidera inicial. En los casos más graves, cuando la serpiente se desanda en vertiginosos movimientos epilépticos que escapan al dominio del artista, éste, paga con su vida, puesto que en la musculatura del corazón, asiento del chacra cardíaco, se desata una indetenible fibrilación que conduce violentamente y sin contemplaciones a la isquemia total del miocardio.

Por ello se debe ser cuidadoso en el manejo y provocación de esta energía, ya que expande la imaginación y la inteligencia creadora, como el estado de supraconciencia en el místico, aunque por otros medios y otros fines (Cf. Johari, Harish. Los chacras. Madrid, Edaf/Nueva era, 1991).

El alto voltaje, generado sin el transformador de la conciencia crítica, causaría la carbonización tanto del cuerpo físico como del etéreo fantasioso, dado que la energía en lugar de dirigirse a los centros vitales superiores, desciende para empozarse en los glomérulos intersticiales de las gónadas, adrenalizadas ya de manera exagerada por las retinas del campo visual, cuyos axones terminales descansan en cada poro de la piel. La corriente kundalínica atraviesa todo el cuerpo, desde el extremo norte hasta el extremo sur. En otras palabras, no hay tejido epitelial y profundo que no esté cimbrado por la corriente inalterna del generador sensitivo de la seducción.

El peligro, como bien se observó anteriormente, es grande si no se eligen con inteligencia las posibilidades a utilizar, en el gasto de la dichosa energía, que se debe dosificar… de manera que genere por lo menos cincuenta cuartillas diarias del libro que estamos por escribir. Al no tener el feedback amoroso con el objeto de la seducción, la energía, cual partícula de hidrógeno altamente expansible, sembraría embolias en los vasos comunicantes, en lugar de poemas o novelas; lo que traería como consecuencia explosión de glóbulos, dispersión de Fe (hierro) y O2 (oxígeno); por lo tanto isquemia miocárdica y cerebrovascular. Esto, sin contar con la desesperanzada desesperación del objeto de seducción, quien al no ser consumido como sujeto substantivo no común denominador, estalla en cólera o delirium tremendus, movilizando su masa corporal hacia otro espacio, más amorosamente humano, es decir, menos artístico o estético. Razón por la que se debe estar consciente de la soledad en la que se termina, después de tantas cuartillas impulsadas por la susodicha energía vibratoria, que provoca muchas obras en el haber, y aún en el deber como potencialidad a corto plazo.

Un ejercicio excelente para echar a andar los chacras, las ruedas magnéticas que regulan la producción de noradrenalina y norepinefrina responsables del deseo de amar y de crear (recuérdese que se debe escoger una de las dos posibilidades, no es conveniente entremezclarlas a menos que se tenga un dominio yogui de los vórtices del vehículo más elemental), consiste –el ejercicio– en programar, previo a la disposición para la escritura, una salida táctica a los lugares frecuentados por las personas de su aspiración intelectual, entrar lo más indiferente posible y evaluar el ambiente de reojo. Es importante la música de fondo, no así el consumo de alcohol: reblandece la capacidad volitiva bloqueándose las substancias adrenérgicas. Si se percibe un estado de exaltación muscular, óptico, magnético, o químico (más asertivo), ubicarse en la esquina más visual de la barra, sacar las antenas de la imaginación y empezar a ver sin escuchar. La causa es, que la primera atracción dérmica del campo energético se desencadena por el armazón físico y… si el contenido comunicativo del objeto es desparpajo e inconsistencia (como de intelectuales se trata), caería –hasta el piso– la vehemencia.

El otro elemento a considerar es mantener la distancia, nunca marcarla con los brazos y las manos en actitud de pared, sería descortés; además peligroso por la sensibilidad táctil. Es importante demarcar un territorio dentro del cual el objeto a seducir se sienta cohibido de profanar. Esto se puede hacer en un juego de mirar y no mirar, indiferencia y deferencia; de manera que el objeto se sienta confundido y no sepa si es sí o es no. Una sonrisa seria y una mirada dulcemente extraviada, una llamarada de fuego y un olvido; un ir y venir por sombras y claridades.

En esta praxis, la filosofía Corín Tellado fue un tanto sabia, aunque al final no sostuvo su tesis, se le extravió en el lugar común. Todas sus novelas comienzan con una indiferencia ardorosamente tensa entre sus protagonistas, que va encendiendo las fogatas, que en este caso -dado lo baladí de las historias-son subutilizados para el propósito estéticoamoroso que nos preocupa. En el caso de los y las artistas, la compresión del hidrógeno, oxigenado con la brisa de las noches de bohemia en los hombros desnudos del imaginario, y los sonidos melodiosos de boleros y algo más… cual gong japonés, despertarán el estruendoso don de la creación. Así, palabras e ideas, casi atropelladas, comenzarán a rodar voluptuosas y voluminosas por la habitación de la soledad neuronal.

Se debe evitar a toda costa el enamoramiento… tendría el mismo efecto que el alcohol: ebriedad auditiva, ceguera perceptiva… impedirían la lucidez necesaria para el arte -único fin- produciéndose una confusión de sensaciones, humores, secreciones y energías del mismo voltaje, pero con propósitos autodestructivos (apagones fulminantes) del tiempo, el espacio y lo más grave del imago creador. Dado que la sierpe al morderse su propia cola se desahoga desoyendo la magia que ofrecen las sombras y los silencios… y las incertidumbres.

En el Diario de un seductor (Barcelona, España, Ediciones 29/Libros, Río Nuevo, 1984), Soren Kierkegaard consustanciado con Johannes, el personaje-autor del diario, manifiesta que para este seductor el fin de su existencia no era otro que vivir poéticamente, y en la vida había sabido encontrar, con un sentido muy agudo, lo que hay de interesante y describir sus sensaciones lo mismo que si se tratara de una obra de imaginación (p.5). Sabía sacar partido del placer, gozaba en ser el «objetivo estetivo» (sic). Disfrutaba estéticamente de su propio ser, se deleitaba de modo egoísta de cuanto la vida le concedía, y de aquella concepción poética con que impregnaba la realidad (p.6). Además, padecía de un exacerbatio cerebri: el mundo real no tenía suficientes estímulos para él (p.7). Por ello sedujo a Cordelia: «por medio de sus finísimas facultades intelectuales, sabía inducir de forma maravillosa a una muchacha a la tentación, ligarla a su persona, incluso sin tomarla, sin desear siquiera poseerla en el más estricto sentido de la palabra» (p.7). Johannes «sabía conducir a una muchacha hasta sentirse seguro de que ella iba a sacrificar todo por él. Y cuando lo había conseguido, cortaba de plano» (p.7). Para él, los seres humanos no eran más que un estímulo, un acicate; una vez conseguido lo deseado, se desprendía de ellos lo mismo que los árboles de sus frondosos ropajes; él se rejuvenecía mientras las míseras hojas marchitaban» (p.9).

Es bueno destacar, que esto se va dando en Johannes sin una clara conciencia esotérica de la potencialidad de los centros magnéticos vitales de su cuerpo etéreo, ni de su voracidad energética para crear alguna forma de arte. Por lo que se va debilitando en las dudas… al sentir necesidad de castigo, de expiación, no puede cortar mentalmente con las imágenes sufrientes de sus víctimas, por lo que va dejando hilos aquí y allá, que lo enredan en una maraña de intranquilidad peligrosa para su corazón ya bastante agitado. Pese a ello, Kierkegaard piensa que «el castigo, para él, tendrá un carácter puramente estético: un despertar resulta demasiado ético (...) la conciencia se le aparece tan sólo bajo la forma de un conocimiento más elevado, que se expresa como una inquietud (...) que lo mantiene despierto y, al inquietarle, lo priva de todo reposo» (p.10). Estado de desasosiego que cultivaría un seductor consciente (artista, escritor), para desarrollar estéticamente su arte, su literatura, a partir de la exacerbatio sedution, aprovechando los movimiento energéticos de los chacras del cuerpo astral.

No necesariamente la seducción se manifiesta como el encantamiento amoroso de un ella o un él. Se puede seducir a una colectividad, a un país, a un continente. De hecho la oratoria y el canto, por nombrar algunas actividades encantatorias son formas de seducción, como también lo pueden ser una palabra, una lectura, suave y tersa, una mirada, una sonrisa, unas manos que danzan en delicados gestos, unos hermosos pies apenas calzados, unas manos gruesas que abarcan el mundo, un traje, una camisa, una falda; un silencio, unos ojos tristes, una mirada semi ladeada; un libro, una teoría, una filosofía. En fin, todo lo que sea capaz de cautivar, encantar, hechizar, conducir, tentar, captar, fascinar, atraer, deslumbrar, engolosinar, halagar y hasta embaucar.

No olvidemos que seducir es captar adeptos. Lo importante es saber para qué, y lograr desapegarse, cortar drásticamente y a tiempo, antes de que creamos que somos suficientes; demasiado grandes para el mundo y sus habitantes.

Ahora bien, si nota que la literatura, el arte, no bastan; que aún queda un hueco insaciable por llenar, enamórese, ame, despójese de todas las máscaras de la intelectualidad, y simplemente sea humano, sensible, que se estremece ante el otro; pedazo que falta para completarnos. Elija bien, pese, sopese, mida, determine, deje madurar en el tiempo el abordaje primero, de manera que no se equivoque y no tenga que saltar de baranda en baranda buscando especies para completar las degustaciones que no se pudieron saborear la primera vez.

Nota de la traductora
Juanerma Orígenes, personaje de Tantos Juanes... después de haber escrito varios ensayos sobre la teoría expuesta, recogidos en el libro inconcluso y aún inédito: Las puertas de la seducción, falleció de dos infartos, uno a quince horas del segundo. Sin embargo, por la autopsia se logró determinar que no fue producto de la práctica de su teoría, sino de un soplo arrítmico, congénito, hereditario y kármico.

15 de marzo de 2011

Ella de él

Finalista del Concurso de Cuentos de El Nacional, 1981
Publicado en PLN, agosto, 81.
Premio Cuento Feminista, Fempress, Chile,1988
(fragm Habitantes de tiempo subterráneo, 1999






Había un entierro, debía ir, pero él se empeñaba al matri­monio. Le dije que había tiempo. Me tomó por los cabellos y me condujo por pasillos misteriosos hasta hacerme firmar la decapitación de libertad. Me leyeron: Usted debe respeto, obediencia; seguirle donde quiera que vaya. Construí unas alas y me ausenté lejos del hacha del verdugo. Mientras él vociferaba visité sitios lóbregos, conversé con los enterradores de almas; hice una casa con musgos y algas en las cloacas y conviví con murciélagos y aves extrañas. Él seguía a mi lado, hablaba horas sin mirar mis pupilas. Las mismas que empleaba en hacerme pájaro. Cuando regresaba, increpaba los oídos hasta hacerme recordar mi naturaleza de hembra humana. ¿Dónde, con quién has estado? Tienes el deber de darme tus más íntimos pensamientos. Eran tan continuos mis vuelos que me sospechó tocada por la esfera cuadrada. Insistía en amarme.

Perdona, nunca quise hacerte daño. Te amo demasiado. Tanto, que prefiero verte deshilada pero en mis brazos. Ya estaba hecha un nudo. El cuerpo andaba por la costumbre de andar, pero dormía al pie de todos los difuntos. El próximo verano compraré un jardín rosa para tus sueños. El año que viene sembraré mi tiempo para ti. Mañana, cuando caiga la noche y el cabello nos cubra, mientras tú describes tus vuelos, yo vigilaré tu cuerpo para que no lo lleve la lluvia.

Necesitas hijos. Muchos hijos. Devolverán tu sonrisa. Que se deforme tu cuerpo, que tus pechos cuelguen cargados de leche, que nunca permanezcan vacíos.

¿Salvarían? Ya no tendría que armar la demencia. Ellos tomarían mi tiempo, y mi tristeza caería dentro del hoyo que guardaba mi destino. Ellos jugarían con los fantasmas mientras duermo apacible. No llegaban. El vientre era sacudido por inútil.

¡Despierta, vientre, despierta, o te darás por perdido! Ya estaba del otro lado. Esta vez no encontraba las palabras mágicas que me regresaran, estaban sepultadas en las catacumbas de mi propia fantasía. Era inútil rebelarme, ya no tenía fuerzas para el grito.

No hay mañana. El tiempo devora cuerpos y palabras. Clama el cuerpo y las aguas termales de la vida. Lo hundo más profundo cada vez, hasta hacerlo asfixiar. Flota. Exhorta a una existencia mejor. No hay mañana. El cuerpo baja, se hace arena, levanta el vuelo y se pierde ciego.

Soy uno de ellos. Me dijo el hombre del cadáver ambulante. Y ya no pude insistir en su inocencia. Fui a su árbol y encontré la capa de granito presentida. ¿Para qué darle otro cuerpo más suave, más fértil? Soy uno de los que miden su abrigo. De los que viven con cuervos y velas encendidas.

Mi rostro era fresco ahora ¿y después, cuando mi piel pierda su brillo? La soledad se vino encima. Mis treinta años pesaban como plomo derretido. Por segundos vi el país de mis sueños, sus cafés, sus calles; filmadas para mí por los antepasados. El mar abierto a la espera de mi cuerpo. Y el alma gemela ahí, ofrecién­dome su mano fuerte, ancha; para subir a la vida sin poner los pies en la agitación de los días. Sin otra preocupación que los últimos libros y la evolución existencial. No importa que seas árbol. Te acepto rama que se seca firme, viento que tumba mi puerta, susurro que se filtra por la ventana de mi ser sensitivo. Mis cabellos se irán blanqueando entre tus manos, junto a la memoria compartida.

Apremia el tiempo por venir. De nuevo el miedo. Mil palabras tambaleaban la personalidad forjada con tantas muertes y una existencia imprecisa. Había otras salidas. En ese momento no se encontraron a mano.

Cavilando entre el presente y el futuro me pareció intuir al compañero para conllevar el camino de hojalata de la vida. Vino a describirme los otoños y los inviernos. Habló del castillo de rosas para mi piel sensitiva. Prometió alfombrar la memoria de la otra vida. Le agradecí entregándole la mortaja que había guardado desde siempre. Demasiado pronto su voz se fue espesando, y su cuerpo se transformó en ave vestida de negro. Yo todavía conservaba las vísceras de paloma. Él corría mientras yo arrastraba los pies para alcanzarlo. Al menos me empujaba hacia mí misma. Tenía un espejo en el que estaba vedado observarme. Había solamente un espacio, en mí, al que tenía derecho todavía. Allí podía hacer extensos viajes para subsistir.

¡Ya lo sabe, no vengo más a cenar! Estoy harto de esperar hasta las siete. Que yo no venga algunas veces, no importa, tu deber es esperarme siempre; así me aleje por un tiempo. Tienes el deber de atenderme a la hora que sea.

Con forma de hombre me quedaría tendida a la orilla de cualquier río, cualquier tarde de cualquier día.

Tu trabajo es secundario, primero están tus obligaciones conmigo.

Acostarme en el prado, estarme quieta, sin contar las horas ni los días. Despertar con gotas de rocío crecida de flores y musgo.

¡Búscame un vaso de agua y ve a comprar la prensa!

Quedarme toda la mañana en la cama, leyendo. Respirar las horas, vacía.

¡Búscame la camisa, la corbata!

Tener la esperan­za de serme fiel algún día.

Esta quincena no te daré dinero, he tenido muchos compromisos.

Salir a caminar por las noches, entrar sola a un cine.

El hombre en la calle; la mujer en la casa. Que no se te olvide. Bueno, tienes que salir a trabajar, uno solo no puede con los gastos de la casa. La mujer tiene mayor responsabilidad.

Los niños exigen, el hombre exige, las hormo­nas exigen. Hay que callar o subirse a la copa más alta del árbol más lejano. La depresión exige, la ansiedad exige y el campo espera con su abundante oxígeno.

Todo en orden, que no se te olvide ningún detalle. Primero hacer la cama, cerrar las gavetas, recoger las medias, la ropa sucia, pagar las cuentas, poner el bombillo, arreglar la silla, pegar el botón.

El trabajo exige. Mi mediocridad no exige.

¡Esta comida no me gusta! ¿Por qué no preguntas primero? ¡Qué cuento de darme una sorpresa!

Sentados los dos, hablándonos a los ojos, con las manos tomadas en la pausa del vino, ¿te importa que no sepa de vinos? Mis pies tímidos atrapados entre tus zapatos, firmes. No sentir hambre, sólo el placer de un instante distinto.

A ningún restaurante, ¿para qué tiene uno mujer entonces?

El jardín aguarda, húmedo.

Es una falta de respeto que saludes a un hombre cuando andas conmigo, peor si andas sola. La gente te señalará libertina.

Las aceras están solitarias y las calles no cobijan nuevo hechizo.

¿Por qué no vas a un psiquiatra? ¡Esa costumbre de ensimismarte!

No se fuga la luz del seudo témpano hacia donde comienza el campanario a desgarrarse.

¡Esa blusa te la quitas ya!

No se filtra la humedad en tierras imponentes.

No pretenderás salir con ese pantalón. Ponte un vestido camisero, ancho, es lo adecuado a una señora decente.

En el principio brotaron un hombre y una mujer desnudos, no conocían la capacidad de asombro. Después llegaron los mercaderes y cambiaron telas por virtudes.

¡No quiero ser el hazmerreír de la gente! ¿Qué dirán los vecinos?

Hace mucho no escucho voces, tal vez los vecinos han notado que les corté la lengua,

¡Mírate las arrugas! te crees una muchachita, no en vano tienes ya treinta años. Estás anciana.

He dejado pasar mis mejores mañanas escarbando un tiempo circular que no es de carne ni cuerpo, ¿sabes dónde hallarlo?

Esta noche me vestiré de hombre, me embriagaré hasta estrangular el silencio y del vientre de una novel mujer gestaré un hombre nuevo para comenzar otra historia.

Mi flor y mi canto vinieron a disipar el humo de mi ciudad en caos. Fueron cortando ligaduras de cartón piedra. Sembraron círculos de fuego. Mi muerte obligó velarse las estatuas de los hombres pie de barro. Después surgió un puente entre hombres de diferentes estaturas. Y siguió el tiempo su camino. Comenzaron a espantarse los sonidos extraños en la temible asociación aire fuego.

De pronto nos damos cuenta que podemos andar mejor que la mediocridad de andar por los sueños huyéndole al trabajo de gritar. En las noches más frías pude observar en los espejos de la niebla, los carros fúnebres cargados de coronas para lo que quedaba de mí.

Ella recoge los zapatos, las medias; toma las palabras. Yo espero correr las horas sin los días. Ella ordena la comida, lava los pañuelos, desempolva los libros. Yo trabajo a diario por descubrir lo que es una sonrisa. Ella filtra el agua potable, alisa la rebelde cabellera. Yo recibo las hojas secas que van cayendo en cualquier avenida. Ella anda y desanda su horizonte sin esforzarse en reproducirlo. Yo miro verticalmente una sombra que va conmigo. Ella, dormida espera el sonido de una llave, unos pasos que siempre vuelven. Yo vigilo despierta una voz que nunca llega. Ella tiene el cuerpo. Yo la poesía.














Canoas de condrocitos

(fragmento de la novela Habitantes de tiempo subterráneo, Pomaire, 1990)



¿Cómo discernir la vocación? ¿Hacia dónde canalizar las múltiples inquietudes? ¿Cuáles? Lo único que creí tener a mano era una dispepsia cerebral con disyunción del simpático; es decir una confusión de género vocacional.


¿La psicología me daría la comprensión necesaria para captar la esencia y existencia de ser humana? ¿Se conocerán a sí mismos los psicólo­gos? ¿Entenderán al prójimo? ¿Serán las personas más ecuánimes, más equilibradas? ¿Me brindaría el periodismo la posibilidad de denunciar las injusticias y orientar al hombre hacia una nueva alborada? ¿A través de la física, la química, la biología, la fisiología, la neurología, o cualquier rama de las ciencias, podría conocer el origen, la composición, el funcionamiento y la disfunción de los seres vivos? ¿Lograría descubrir la sanación y la armonía de la materia?


¿Y la “antimateria”, la mente, los pensamientos, los sentimientos? ¿Por qué el hombre razona, siente? ¿Hasta dónde llegan los sentimientos y pensamientos de los animales y las plantas? ¿De dónde le es dado al humano su poder de comunicación, sus gestos, sus ideas? Si pudiera pasar el tiempo con muchos y diversos libros entre mis manos.


Y la literatura, ¿ciencia, hobby, ficción? ¿Habrá quién se dedique a ella sin otra intención que no sea la del gozo estético que lo atrapa en su encantamiento, enajenándolo casi? Alguien a quien no le importe el dinero que dejaría de percibir con una profesión lucrativa. ¿Se podría ser doctor en poesía? Suena cómico, aunque el poeta mana y veda dolores, pesares, amor, desamor, angustia, melancolía.


El Rey Augusto apremiaba por una elección definitiva. Yo me hubiera conformado con ser lectora voraz, tal vez me dedicaría a la composición musical. Tienes que estudiar una carrera de prestigio, donde te puedas ganar la vida. La literatura es para los domingos (y fiestas de guardar).


Los poemas serían sucesos de días feriados, igual que ese famoso Diario de una niña complicada, bosquejado, en el cuaderno Recetas de cocina, Laly 1960, con la fuerza de un maremoto interior. Así que la literatura estaba descartada, fue relegada a los domingos y fiestas de guardar.


¿Que por fin a qué me voy a dedicar? ¿Qué quiero ser? Artista, creadora, ¿de qué? No sé.


Quiero saberlo todo, conocer el más mínimo secreto de la naturaleza. Indagar por qué arriba hay cielo y abajo tierra. Desentrañar qué hay en las profundidades de los mares, dentro del globo de la tierra, en el sol, en los planetas. Por qué los seres caminan, hablan, piensan, sienten. Por qué algunos pierden la noción de tiempo y la relatividad del pensamiento humano. Interpretar de qué está hecha cada cosa y cada cuerpo y cada planta. Por qué nacen las uñas y los pelos. De dónde salen los cuerpos, las voces y los gritos. Reavivar la vida de los grandes hombres y mujeres de la historia. Cómo empezaron y cómo terminaron, ¿repudiados y solos? Por qué la maldad, el desamor.


Tiene que haber algo más concreto. Es tu futuro lo que está en juego. ¿Qué me gustaría hacer? Meterme dentro del mundo microscópico, en el vientre de un ortóptero nocturno, vulgar cucaracha repleta de minúsculos cuerpos que tienen su propio gobierno; casi galácticos, terráqueos, con infinitas for­mas y reformas; que caprichosamente se mueven, se aparean, se dividen, se multiplican al tiempo del inspirar-expirar humano. Observarlos con sus habitantes, los paramecios, suela de zapato, carrito chocón o pan francés que va y viene a gran velocidad; protozoarios, bastones, filamentos, cordones, cocos. O la ameba, temible reina de los bajos fondos, inexorables cloacas metafóricas. Con su extraordinario poder de formar en su cuerpo, a su antojo y necesidad, brazos y piernas, y boca al momento de almorzar. ¡Y el humano creyéndose tan grande y diestro! ¡Si nos estuviera dado guardar los brazos y las piernas, espe­cialmente la boca, en momentos extremos, y echarnos a rodar!


Es posible formarse bajo la tutela de la ciencia creyendo tan sólo en la transformación de la materia, haciendo a un lado la interioridad, la antimateria, la mente, el razonamiento de los fenómenos, enigmas; las leyes aparentemente inconmovibles de la naturaleza. La inquieta incertidumbre se rebela, se manifiesta inconforme. Se obliga a la búsqueda de alguna finitud “imperecedera” y sus orígenes. Comienza a interrogarse a sabien­das de que no interesan las respuestas, sino las indagaciones, y las vías para llegarle a todas las formas del conocimiento.


Los paramecios, las euglenas, los ascomycetos y los Saccharomyces, fueron sustituidos por hepatocitos, condrocitos, ovocitos, osteoblastos, osteocitos, eponiquio y epiniquio. La observación microscópica trasmigró hacia tejidos y células en distintas fases de crecimiento y reproducción y en todas sus posibilidades de forma y absorción de color. No obstante cada uno de estos mundos tisulares, diferentes en cada órgano, estimulaban aún más la retina poética presentida en el campanario del mundo interior.

Una constelación de estrellas de siete puntas, cometas de larga cola, satélites y planetas organoides, gravitan en la teñida noche (de los tejidos y órganos) de Cajal, y de Golgi. Nubes de tejido conjuntivo entre fibras sensitivas (dendritas y axones), que como rayos se imbrican (por sipnasis) en medio de la substancia fundamental característica del tejido nervioso (neuronal). En otros espacios, un mar añil forma el océano del tejido cartilaginoso. Numerosas canoas de condrocitos navegan en el inmóvil mar. Hacia las costas encallan, entre fibras colágenas, los viejos condroclastos, orgullosos de su misión cumplida aceptan la transformación de su materia sin quejas.




Mientras tanto, la carpeta de los textos literarios “de los domingos y fiestas de guardar”, crecía. Llena de errores, pero crecía. Un día, sin pensarlo mucho como todos mis grandes pasos, fui en busca de los conocimientos que me permitieran entender por qué crecía y sobre todo mejorarlos. No fue fácil superar la confusión ortográfica que había en mi cerebro entre la fonética (italiana) de la lengua materna-paterna, y la adquirida en la escuela de mi amado país, Venezuela. Lo que allá se escribe con V aquí se escribe con B. Allá con Z, aquí con S. Allá sin H, aquí con H. A lo que se le sumó el habla (auditivo) de la infancia, que en mí perduró más tiempo del reglamentario. Durante mucho tiempo fue más lindo decir: Parajito, casapuntas, tireja, perióquido, cupitre, cuerta; los parajitos volan. Cuando me corregían no lo aceptaba. El sonido que producían las palabras, para mí era más importante.


¡Niña!, no se dice volan, sino vuelan.


A mí me gusta más, volan. Además no se dice vuelar sino volar.


Maestra, ¿por qué zapato y manzana se escriben con Z? Debería ser sapato y mansana, ¿no?


Un buen día tuve el valor de presentar la consabida carpeta a los académicos de literatura. Después de varias apreciaciones casi silenciosas de “falta mucho trabajo con el lenguaje”, uno de ellos, haciendo caso omiso a los errores, puso al pie de uno de los poemas: Este texto revela hondas experiencias espirituales que deben encajarse en un relato o en un poema, sólo falta un pequeño esfuerzo de coherencia y tala.




Ya nada me detuvo, vi claro dentro de mí. Comencé a trabajar la palabra como un artesano, limando asperezas auditivas y visuales, puliendo bocetos. Ya no eran los domingos, eran todos los días y a cualquier hora, cualquier sitio o circunstancia. No importaban distractores ni ruidos. Mis oídos se resguardaban en el manto de la concentración total. Comencé a desdoblarme en distintos personajes del teatro interno. Me transformé en agua, fuego, tierra; águila, tigre; roca, arena. Me disfracé de pájaro blanco que nadaba en charcos ficticios de sangre. Cuando olvidaba regresar, él, quien tenía el poder del abracadabra, espantaba las figuras y me devolvía a las faenas cotidianas del chorro de agua para fregar los platos. Desde entonces un océano de lenguaje y figuras me impregnó para siempre.

La poesía se fue haciendo excrescencia de la tierra y del espacio intangible. Desdoblamiento, deslumbre, clarividencia, futuro, pasado fecundo. Intuición. Madre del verbo en marejada. Memoria del senescente, túnel misterioso. Baúl de encantos y sombras. Hacedora del ser reflexivo, constructora de otras realidades, generadora de luz. Soliloquio entre el alma que medita y la nueva semilla que quiere crecer. Sustitución de carne por misterio. Silencio y palabra. Mirada transparente y profunda. Depuración del pensamiento y las manos. Estado de sueño-vigilia. Arranca el yo, lo desintegra, y a pedazos lo va formando con nueva carne, memoria y ciencia.

13 de marzo de 2011

DESCRIBIENDO LOS CORDELES

a Marina Mora y Geomar Rodríguez



Él me va describiendo las amapolas y los cordeles de la vida. Yo voy escuchando, desde sus manos cada color, inédito, sin referencia alguna.

Nunca supe distinguir más que las formas que mis dedos delineaban, buscando entre texturas y consistencias los conceptos que la vida me iba trasmitiendo por los oídos frágiles, apenas audibles. Imaginando desde esa candidez de niña que iba creciendo sin saber cómo era eso de la estatura, lo masculino y lo femenino, la belleza, la fealdad; lo negro, lo blanco, lo amarillo; el rosa, el rojo, lo matizado, lo homogéneo; lo armónico, lo desarmónico.

Antes de que él se posesionara con seguridad de mis tierras infecundas, la existencia transcurría como una línea recta sin grandes tropiezos; pero sin jardines, ni acantilados ni farallones que me dejaran con la boca abierta por la maravilla. No sabía otra cosa que ese andar dirigido por destinos asignados, guías de camino para que no me lastimara. Y si sucedía tener a tiempo un remedio que me suavizara el calvario de depender de quienes algún día me vieran como una carga. Aunque había generosidad en quienes me nutrían, no dejaba de sentir ese temor a restar o sumar inútilmente. Sentimiento de que en algún momento la fuerza del sentido “común” me llevara a renegar de haber nacido. En lo que pensaba a menudo.

Un día apareció, no sé por cuáles designios. Entró con esa fuerza con que Rosario de la Cerda lo modulara en una carta poema a su Neruda: “Entró a mi vida, como él mismo lo dice en un verso, echando la puerta abajo. No golpeó la puerta con timidez de enamorado. Desde el primer instante se sintió dueño de mi cuerpo y de mi alma. Me hizo sentir que todo cambiaba en mi vida. Esa pequeña vida mía de artista, de comodidad, de blandura, se transformó, como todo lo que él (Neruda) tocaba”.

Sus manos fueron recorriendo cada centímetro de mi cuerpo describiéndome con total precisión poética los colores y las formas de todo cuanto fue creado por la naturaleza, divina e inefable. Y todo cuanto el ser humano fue y sigue diseñando desde las ciencias exactas e imprecisas; la astrológica, la esotérica y la mágica.

Nací con escasa luz en los ojos, campanas imperfectas en mis oídos, sin acordes fabulosos en mi garganta. El vientre de mi madre no pudo abrir íntegro el canal lumínico que me correspondía como personas. No recrimino, posiblemente nadie le dijo que la rubeola podría atentar contra algunas de las facultades a las que tenía derecho. Tal vez le dijeron que tenía que deshacerse de ese bultito pequeño y no lo hizo. Tal vez tenía que nacer para esta experiencia, para esta forma distinta de ver cordeles y amapolas. No sé si hubiera preferido ser completa como todos los demás, creo que sí. De lo que estoy segura es que, para mí, es un agasajo sensitivo. Intuyo que no todas las personas tienen el privilegio de precisar, desde unas manos, la más delicada música del universo.

(del libro ¿Cómo contarlo? (Mérida, Asociación de Profesores de la ULA, 2006)
PD. Este cuento lo escribí luego que leyera una entrevista que le hicieron a  
      Marina  Mora en un día de la MUJER, en el Diario Frontera de Mérida
      Venezuela (me gustaría que ella lo leyera, no la conozco personalmente).
      Ella hablaba de cómo su marido la había ayudado a "ver" y "hacer".

9 de marzo de 2011

Lodazal

LODAZAL



Una mudez en los ojos lagrimea impotencia en las falanges, los abrazos no encuentran el cúbito ni el radio. El corazón, papel comprimido; la mente, un ensortijado de cabellos sin ideas lisas.

Otra vez la muerte embrionaria en los pulmones, de nuevo la bujía de la pólvora revienta gestos, picadillo de sensaciones. La pared del pueblo, cielo negro, sin aguardos lumínicos.

La Quinta Sinfonía de Beethoven se diluye entre los Adagios de Mozart. Acordes difuntos hacen pastoso el camino, con grumos de ciénaga. Lodazal o pantano, los pies ampollados extienden la voz pacifista. No hay eco al auxilio.

MLL

7 de marzo de 2011

MIEDO A PÁJAROS INSÓLITOS

A Carlos Ferrer Guillén (Kalalo)

Algunas veces me pregunto, casi con desesperación, si él sentirá lo mismo que yo: pájaros de tan insólitos colores piando todas las mañanas, en fiesta permanente sobre trozos de banano pintón, granos de arroz con cáscara. Migas de galletas dulces…

Casi nunca nos abrazamos, ni nos decimos palabras tiernas. No obstante nos miramos por las tangentes de los ojos. Nos seguimos, nos escuchamos. Estamos atentos al movimiento de cada uno. Sabemos hasta los más mínimos detalles.
He percibido, gozosa, la manera velada como me cela de mis amigos. Justo cuando alguno de ellos me visita, cuando estamos muy cerca hablando entusiasmados de algún tema… se acerca con algún pretexto tan variado como original y me hace preguntas. De esas que ameritan ir con él hasta su cuarto por la necesidad de saber el contexto que indaga. Única forma de dar con la respuesta más o menos considerada. ¿Cómo es eso de la traslación ingrávida del planeta Tierra? ¿Había niñas cuando las andanzas de los dinosaurios? ¿Por qué el cielo varía los azules? ¿Cómo se hicieron las primeras semillas? ¿Hay otro mundo donde están las estrellas? ¿Siempre va a llegar el otro día? ¿Si el sol se cae nos quemamos todos? ¿Cómo se sostiene la luna si no se ven los hilos? ¿Cómo es eso de los átomos? No es verdad que todo tiene átomos, porque en las sombras y los reflejos del espejo no puede haber átomos. ¿Las abuelas siempre se mueren primero?

La primera vez que notó que no amanecí en mi habitación… (Todas las mañanas, casi al amanecer, tocaba mi puerta con suavidad y abría para cerciorarse de que yo estaba ahí). Esa vez la cama estaba vacía, demasiado arreglada, sin una arruga… lloró muchísimo. Sin embargo, cuando regresé de viaje no fue capaz de decirme cuánto me había extrañado, parecía que le hubiera dado lo mismo. Me abrazó como se abraza a cualquier amigo, diciéndome: “Hola, qué tal, cómo te fue”. Su indiferencia expresiva desde ese acontecimiento se hizo casi inquebrantable. Un día, en el desayuno… (me vio hacer maletas) me dijo: “No te doy permiso. Soy el hombre de la casa”. Tuve que salir corriendo a reírme donde no me viera para no vulnerarlo. No lo podía creer, seguía celoso, le dolía que me ausentara de nuevo. Me iba a echar de menos, con dolor; pero no se atrevía a decírmelo ojo a ojo.

Fui entendiéndolo. Yo (peregrinamente) sentía lo mismo: aprensión. Alguno de esos viajes podía ser el último de mirarnos sintiéndonos. Acaecía pánico de mi cama demasiado ordenada, sin habitante. Él había visto una película donde el ojo de la cámara mostraba todos los espacios vacíos que anunciaban la ausencia de una abuela.

En el último viaje, empezó a abrirse un poco más. Me pidió que le trajera un libro muy gordo que tuviera muchas páginas y muchos colores. Apenas deshice las maletas me dijo: “Cuando te vas los pájaros no vienen a la casita de las comidas. Miki casi no ladra, se la pasa como pensando detrás de la puerta de tu cuarto, ni siquiera es para que la abran. El sol casi no sale, y del cielo cae tanta lluvia que no me provoca ir a la escuela”.

Yo, que también tengo miedo de que se encariñe conmigo y… luego le falte… no fui capaz de contestarle más que con un borbotón de lágrimas medio contenidas. No le dije que mi corazón parecía dos rodillas saltando rayuela mientras bailaba una danza gitana.

12 de septiembre de 2010

Mini guerra

MINI-GUERRA


Ella, furiosa, le acomoda los codos en su pecho, le acuesta los antebrazos. Con el dorso de las manos en puño comienza a golpearlo.

Él, para defenderse cruza los brazos por su espalda, inmovilizándola con las manos sobre sus hombros desnudos; desfalleciendo los dos.



LO DEMÁS ES TAREA DE LOS CUERPOS

El ascensor metálico con espejo, cuadrilátero gigante. Estamos esquina a esquina.

¡Si entrara un tumulto de personas y nos encimara piel a piel! Lo demás, es tarea de los cuerpos. Ellos sabrán frotarse para el fuego.


SIN ESCAPE POSIBLE


¿Y… si me cita en un piano bar so pretexto de hablarme de su próximo proyecto arquitectónico corporal en imprecisas palabras?

Atiborrado de gente, sin mesas disponibles. De pie, intentando un codo en la barra a oscuras casi, con boleros de fondo “Si tú me dices ven, lo dejo todo”. Dos Vodkaquina con suficiente Vermouth seco.

Que las personas nos arrojen el uno en la otra, paroxismo, mentón a mentón, boca a boca, respirándonos. Ningún escape posible, ni salvación.

5 de septiembre de 2010

MUJER ARCA

MUJER ARCA



¿De qué sirve hembra, mujer apasionada, auditiva, táctil,
odorosa, saborífica; género femenino, número singular?

El país es una sayuela negra donde no paramos de llorar.
Los arcoíris son grises, las telas sin olor a laurel.
Ninguna señal alumbra salidas.

Del libro inédito Mini-guerra tarea de los cuerpos

4 de septiembre de 2010

Los jueves son tan blancos

ALFOMBRA MULLIDA LOS JUEVES Los jueves son tan blancos, tan quietos, tan silenciosos; alfombra mullida y nueva. Nadie usurpa el aleteo de los pájaros en la piel, ni la esperanza de justicia con velas a los santos. Nadie profana las manufacturas del pasado como banderas de inercia, ni arenga a unos contra otros. No existe miseria ni desempleo; tampoco ostentación, ni abundancia superflua. Ningún político habla en nombre de Dios en sus desmanes, ni se viste de Arcángel, ni se amparan en una sotana para ocultar la violencia entre sus piernas y sus armas. Los militares ya no son prepotentes, no humillan a subalternos, ni atropellan con bayonetas a los civiles. Los jueves no hay secuestros, ni asaltos. Los asesinos se paralizan ante sus propios cuchillos, los iracundos miden las palabras relajándose. Ninguna mujer embarazada es pateada por su concubino, ningún muchacho es violado en la cárcel o en el barrio; ni torturado en las comisarías mientras se averiguan sus culpas. Los jueves todos los países firman armisticios de paz, desarticulan sus bombas nucleares y biológicas; queman todos los manifiestos de venganzas y ataques. Dedican sus movimientos a reconstruir los pueblos más desolados. Los jueves son tan dulces, tan diamante de cinco puntas, tan estrella alumbrando en luna llena. Los jueves, no salgo de mi habitación mental, es día de barridos. Lo dedico a podar mis rosales y mi ciruelo, remuevo las gramíneas, riego la tierra, baño a los perros y los peino; lavo las cobijas donde duermen, y dejo que me cierren los ojos a besos. Bien entrada la tarde moldeo mi propio mapamundi mental, lo velo con una cayena amarilla doble, casi una orquídea; nunca deja de florecer expandiendo sol en los inviernos grises. Entrada la noche canto rezos poéticos, hasta que dan las doce y empieza a agarrar vuelo el viernes, con sus desmanes y desesperanzas.