15 de marzo de 2011

Canoas de condrocitos

(fragmento de la novela Habitantes de tiempo subterráneo, Pomaire, 1990)



¿Cómo discernir la vocación? ¿Hacia dónde canalizar las múltiples inquietudes? ¿Cuáles? Lo único que creí tener a mano era una dispepsia cerebral con disyunción del simpático; es decir una confusión de género vocacional.


¿La psicología me daría la comprensión necesaria para captar la esencia y existencia de ser humana? ¿Se conocerán a sí mismos los psicólo­gos? ¿Entenderán al prójimo? ¿Serán las personas más ecuánimes, más equilibradas? ¿Me brindaría el periodismo la posibilidad de denunciar las injusticias y orientar al hombre hacia una nueva alborada? ¿A través de la física, la química, la biología, la fisiología, la neurología, o cualquier rama de las ciencias, podría conocer el origen, la composición, el funcionamiento y la disfunción de los seres vivos? ¿Lograría descubrir la sanación y la armonía de la materia?


¿Y la “antimateria”, la mente, los pensamientos, los sentimientos? ¿Por qué el hombre razona, siente? ¿Hasta dónde llegan los sentimientos y pensamientos de los animales y las plantas? ¿De dónde le es dado al humano su poder de comunicación, sus gestos, sus ideas? Si pudiera pasar el tiempo con muchos y diversos libros entre mis manos.


Y la literatura, ¿ciencia, hobby, ficción? ¿Habrá quién se dedique a ella sin otra intención que no sea la del gozo estético que lo atrapa en su encantamiento, enajenándolo casi? Alguien a quien no le importe el dinero que dejaría de percibir con una profesión lucrativa. ¿Se podría ser doctor en poesía? Suena cómico, aunque el poeta mana y veda dolores, pesares, amor, desamor, angustia, melancolía.


El Rey Augusto apremiaba por una elección definitiva. Yo me hubiera conformado con ser lectora voraz, tal vez me dedicaría a la composición musical. Tienes que estudiar una carrera de prestigio, donde te puedas ganar la vida. La literatura es para los domingos (y fiestas de guardar).


Los poemas serían sucesos de días feriados, igual que ese famoso Diario de una niña complicada, bosquejado, en el cuaderno Recetas de cocina, Laly 1960, con la fuerza de un maremoto interior. Así que la literatura estaba descartada, fue relegada a los domingos y fiestas de guardar.


¿Que por fin a qué me voy a dedicar? ¿Qué quiero ser? Artista, creadora, ¿de qué? No sé.


Quiero saberlo todo, conocer el más mínimo secreto de la naturaleza. Indagar por qué arriba hay cielo y abajo tierra. Desentrañar qué hay en las profundidades de los mares, dentro del globo de la tierra, en el sol, en los planetas. Por qué los seres caminan, hablan, piensan, sienten. Por qué algunos pierden la noción de tiempo y la relatividad del pensamiento humano. Interpretar de qué está hecha cada cosa y cada cuerpo y cada planta. Por qué nacen las uñas y los pelos. De dónde salen los cuerpos, las voces y los gritos. Reavivar la vida de los grandes hombres y mujeres de la historia. Cómo empezaron y cómo terminaron, ¿repudiados y solos? Por qué la maldad, el desamor.


Tiene que haber algo más concreto. Es tu futuro lo que está en juego. ¿Qué me gustaría hacer? Meterme dentro del mundo microscópico, en el vientre de un ortóptero nocturno, vulgar cucaracha repleta de minúsculos cuerpos que tienen su propio gobierno; casi galácticos, terráqueos, con infinitas for­mas y reformas; que caprichosamente se mueven, se aparean, se dividen, se multiplican al tiempo del inspirar-expirar humano. Observarlos con sus habitantes, los paramecios, suela de zapato, carrito chocón o pan francés que va y viene a gran velocidad; protozoarios, bastones, filamentos, cordones, cocos. O la ameba, temible reina de los bajos fondos, inexorables cloacas metafóricas. Con su extraordinario poder de formar en su cuerpo, a su antojo y necesidad, brazos y piernas, y boca al momento de almorzar. ¡Y el humano creyéndose tan grande y diestro! ¡Si nos estuviera dado guardar los brazos y las piernas, espe­cialmente la boca, en momentos extremos, y echarnos a rodar!


Es posible formarse bajo la tutela de la ciencia creyendo tan sólo en la transformación de la materia, haciendo a un lado la interioridad, la antimateria, la mente, el razonamiento de los fenómenos, enigmas; las leyes aparentemente inconmovibles de la naturaleza. La inquieta incertidumbre se rebela, se manifiesta inconforme. Se obliga a la búsqueda de alguna finitud “imperecedera” y sus orígenes. Comienza a interrogarse a sabien­das de que no interesan las respuestas, sino las indagaciones, y las vías para llegarle a todas las formas del conocimiento.


Los paramecios, las euglenas, los ascomycetos y los Saccharomyces, fueron sustituidos por hepatocitos, condrocitos, ovocitos, osteoblastos, osteocitos, eponiquio y epiniquio. La observación microscópica trasmigró hacia tejidos y células en distintas fases de crecimiento y reproducción y en todas sus posibilidades de forma y absorción de color. No obstante cada uno de estos mundos tisulares, diferentes en cada órgano, estimulaban aún más la retina poética presentida en el campanario del mundo interior.

Una constelación de estrellas de siete puntas, cometas de larga cola, satélites y planetas organoides, gravitan en la teñida noche (de los tejidos y órganos) de Cajal, y de Golgi. Nubes de tejido conjuntivo entre fibras sensitivas (dendritas y axones), que como rayos se imbrican (por sipnasis) en medio de la substancia fundamental característica del tejido nervioso (neuronal). En otros espacios, un mar añil forma el océano del tejido cartilaginoso. Numerosas canoas de condrocitos navegan en el inmóvil mar. Hacia las costas encallan, entre fibras colágenas, los viejos condroclastos, orgullosos de su misión cumplida aceptan la transformación de su materia sin quejas.




Mientras tanto, la carpeta de los textos literarios “de los domingos y fiestas de guardar”, crecía. Llena de errores, pero crecía. Un día, sin pensarlo mucho como todos mis grandes pasos, fui en busca de los conocimientos que me permitieran entender por qué crecía y sobre todo mejorarlos. No fue fácil superar la confusión ortográfica que había en mi cerebro entre la fonética (italiana) de la lengua materna-paterna, y la adquirida en la escuela de mi amado país, Venezuela. Lo que allá se escribe con V aquí se escribe con B. Allá con Z, aquí con S. Allá sin H, aquí con H. A lo que se le sumó el habla (auditivo) de la infancia, que en mí perduró más tiempo del reglamentario. Durante mucho tiempo fue más lindo decir: Parajito, casapuntas, tireja, perióquido, cupitre, cuerta; los parajitos volan. Cuando me corregían no lo aceptaba. El sonido que producían las palabras, para mí era más importante.


¡Niña!, no se dice volan, sino vuelan.


A mí me gusta más, volan. Además no se dice vuelar sino volar.


Maestra, ¿por qué zapato y manzana se escriben con Z? Debería ser sapato y mansana, ¿no?


Un buen día tuve el valor de presentar la consabida carpeta a los académicos de literatura. Después de varias apreciaciones casi silenciosas de “falta mucho trabajo con el lenguaje”, uno de ellos, haciendo caso omiso a los errores, puso al pie de uno de los poemas: Este texto revela hondas experiencias espirituales que deben encajarse en un relato o en un poema, sólo falta un pequeño esfuerzo de coherencia y tala.




Ya nada me detuvo, vi claro dentro de mí. Comencé a trabajar la palabra como un artesano, limando asperezas auditivas y visuales, puliendo bocetos. Ya no eran los domingos, eran todos los días y a cualquier hora, cualquier sitio o circunstancia. No importaban distractores ni ruidos. Mis oídos se resguardaban en el manto de la concentración total. Comencé a desdoblarme en distintos personajes del teatro interno. Me transformé en agua, fuego, tierra; águila, tigre; roca, arena. Me disfracé de pájaro blanco que nadaba en charcos ficticios de sangre. Cuando olvidaba regresar, él, quien tenía el poder del abracadabra, espantaba las figuras y me devolvía a las faenas cotidianas del chorro de agua para fregar los platos. Desde entonces un océano de lenguaje y figuras me impregnó para siempre.

La poesía se fue haciendo excrescencia de la tierra y del espacio intangible. Desdoblamiento, deslumbre, clarividencia, futuro, pasado fecundo. Intuición. Madre del verbo en marejada. Memoria del senescente, túnel misterioso. Baúl de encantos y sombras. Hacedora del ser reflexivo, constructora de otras realidades, generadora de luz. Soliloquio entre el alma que medita y la nueva semilla que quiere crecer. Sustitución de carne por misterio. Silencio y palabra. Mirada transparente y profunda. Depuración del pensamiento y las manos. Estado de sueño-vigilia. Arranca el yo, lo desintegra, y a pedazos lo va formando con nueva carne, memoria y ciencia.